Ciudad de Panamá, 17 de julio de 2000

 

 

Información turística Vea el listado de empresas panameñas Agenda, gastronomía, cines y de noche Dénos su opinón en línea Pronto!
Noticias del dia actualizadas
     
 

Taiwan y su vicepresidenta

La vicepresidenta de Taiwan: una mujer que dice lo que piensa

Mark Landler

Annette Lu dice que ‘‘Taiwan es un Estado soberano independiente’’. Piensa que el presidente Bill Clinton debería invitar a la Casa Blanca a los líderes de Taiwan y China para conciliar sus diferencias. Y cuando se le pregunta si hay dos Chinas –una idea que escandaliza a Beijing y obliga a la mayoría de los funcionarios de Taiwan a hacer contorsiones verbales– ella no vacila un instante en contestar: ‘‘Yo diría que sí’’.

¿Es de extrañar entonces que el nuevo gobierno del presidente Chen Shui–bian parezca estar ansioso de silenciar a su franca vicepresidenta?

En una entrevista, Lu, de 56 años, ofreció opiniones acerca de todo, desde las relaciones entre China y Taiwan hasta las relaciones entre hombres y mujeres. Se mostró totalmente carente de remordimiento por haber descrito a los dos países, en una entrevista previa, como ‘‘parientes lejanos y vecinos cercanos’’. Esa frase generó una reacción violenta de Beijing, que calificó a Lu de ‘‘basura’’ que pretende promover la independencia de Taiwan.

‘‘No hice nada malo, no hice nada malo’’, repite Lu en una voz suave, que igualmente puede ser sombría que juguetona, según el tono. ‘‘Es extraño que China, una nación tan grande, elija a una mujer como blanco. Súbitamente, me hice famosa. No merezco tanto’’, dijo.

Lu es la primera mujer elegida como vicepresidenta de Taiwan, y es la mitad de la planilla que derribó del poder al Partido Nacionalista, después de más de medio siglo de gobierno. Y, según su propia evaluación, ella es la primera mujer que es elegida en una posición de liderazgo en los 5000 años de historia china.

Con tanta historia atrás de ella, la descripción que hace Lu de su carrera tiene todos los elementos de una narrativa épica. Nacida en Taiwan y líder feminista, en el pasado fue encarcelada durante cinco y medio años por el gobierno nacionalista, después de haber sido acusada de promover la independencia. Y ahora los líderes chinos la denuncian por la misma causa.

‘‘Me acusan de lo que el KMT me acusó hace 20 años’’, dice Lu, utilizando las iniciales que se refieren al nombre chino del Partido Nacionalista, el Kuomintang. ‘‘Veinte años después, el mismo partido que me reprimió está dispuesto a transferir su régimen a mí en nombre de los combatientes por la libertad’’, afirma.

Otros líderes de la nueva administración se apresuran a comentar que el poder se está transfiriendo al presidente Chen, un político cauteloso que desde que fue elegido, en marzo, ha estado tratando de calmar los ánimos de China en lo relativo a la independencia de Taiwan. Aunque el partido de Chen, el Partido Progresista Democrático, oficialmente está en favor de la independencia, el nuevo Presidente dice ahora que se trata de un paso innecesario.

Desde su elección, Chen ha propuesto eliminar los límites sobre las inversiones taiwanesas en China y discutir el establecimiento de vínculos comerciales directos con la China continental. Se ha abstenido también de declaraciones acerca del papel de Estados Unidos en el enfrentamiento entre ambas naciones. Las frecuentes sugerencias de Lu en el sentido de que Estados Unidos actúe como mediador han irritado a altos funcionarios en el gobierno.

‘‘Nuestra franca vicepresidenta nuevamente dijo lo que pensaba respecto de ese asunto’’, dijo el ministro de Relaciones Exteriores, Tien Hung-mao, en una entrevista. ‘‘Lo cierto es que eso no es una política oficial’’, añade.

Otra gente es más severa. ‘‘Es un cañón suelto’’, dice Andrew Young, director del Consejo Chino de Estudios Políticos Avanzados.

‘‘No comparte las mismas ideas políticas de Chen Shui- bian. Se ve a sí misma como la guardiana de la independencia taiwanesa’’, señalan.

El problema, para funcionarios como Tien, es que Lu considera que los asuntos extranjeros caen dentro de su área de actividad y de conocimientos. Abogada con títulos de las Universidades de Illinois y Harvard, Lu ha encabezado los vanos esfuerzos de Taiwan para ser readmitida a las Naciones Unidas. Un currículum enlista viajes a Sudáfrica, Nicaragua, Irlanda y Holanda, y les da la misma importancia que sus cinco triunfos electorales.

‘‘Al inicio de la campaña, la gente esperaba que fuera activa en asuntos extranjeros y asuntos con el continente’’, dijo. ‘‘Todo depende de dónde desee el presidente Chen que yo contribuya’’

Shiou–Jen Chang, una mujer en el Parlamento que conoce a Lu, recuerda la energía e imaginación que aportó la vicepresidenta al quijotesco esfuerzo de Taiwan para reingresar a las Naciones Unidas. En 1997, contrató un dirigible con un letrero brillante para que volara alrededor del edificio de las Naciones Unidas, mientras una embarcación que ondeaba otro letrero similar navegaba por el East River, y una muchedumbre protaiwanesa desfilaba por las aceras.

‘‘Cada año proponía una forma diferente para ingresar a la ONU’’, dice Chang. No le importa cómo reaccione la gente. Dice y hace exactamente lo quiere, en lo que cree’’.

Diversos analistas opinan que los asesores más cercanos a Chen están maniobrando para dejar al margen a Lu. Durante esta entrevista, no hubo colaboradores presentes, lo que es extraño tratándose de la segunda funcionaria más importante del país. Y ella misma dice que no participó en la redacción del discurso de toma de posesión de Chen porque el texto estaría sujeto a un intenso escrutinio por China.

Lu dice, sin embargo, que los rumores de que la están aislando han sido plantados por gente, aquí y en la China continental, que quiere separarla de Chen. El surgimiento de una mujer franca, dice, sin duda tenía que causar molestias en ambos lados del estrecho.

‘‘Dentro del círculo interno del poder, todavía no están listos para aceptar’’, dice Lu, con la sonrisa de quien ha vivido experiencias semejantes. ‘‘Pero ya están empezando a hacerlo’’, agrega.

The New York Times News Service/Taipei, Taiwan


La causa de Peter Huand

Un asesino potencial busca ahora la reforma social en Taiwan

Erick Eckholm

Nadie puede decir que Peter Huang no corre riesgos en defensa de su causa.

El otro día, Huang, un activista de los derechos humanos que se describe a sí mismo como ‘‘persona dedicada a los movimientos sociales’’ estaba en la calle con compañeros opuestos a la pena capital, exigiendo un nuevo juicio para tres reos en la crujía de la muerte, cuyas confesiones, dicen, fueron obtenidas mediante torturas.

Huang realizó un gesto público más dramático en abril de 1970 en la escalinata principal del Hotel Plaza de la Ciudad de Nueva York. Allí, en nombre del movimiento nativo taiwanés por los derechos humanos, trató de asesinar a Chiang Ching–kuo, el hijo de Chiang Kai–shek, quien entonces estaba reemplazando a su enfermo padre como jefe de la dictadura del Partido Nacionalista en Taiwán.

Huang se vio frustrado solo por los rápidos reflejos de un guardia, quien lo golpeó en el brazo cuando disparaba una pistola Beretta calibre .25, lo que envió la bala a través de la puerta giratoria de cristal del hotel. Huang y un cómplice fueron declarados culpables en Nueva York de intento de asesinato, pero violaron su libertad condicional y huyeron a Europa.

Un cuarto de siglo después, en 1996, Huang, también conocido por su nombre Huang Wen–hsiung, volvió a emerger después de que ingresó clandestinamente en un Taiwan transformado y democrático. Todavía está enfrentando acusaciones de ingreso ilegal –el estatuto de limitaciones sobre el intento de asesinato había expirado– pero en el intervalo se ha convertido en un defensor respetado de los derechos civiles y legales, que en opinión de muchos expertos no están adecuadamente protegidos en Taiwan.

Ahora, con el derrumbe de los nacionalistas en las elecciones de marzo pasado y la toma de posesión de Chen Shui–bian como presidente, Taiwan tiene un líder nacional que ha dado acogida a muchas de las ideas de Huang. Chen incluso ha jurado hacer de la defensa de los derechos humanos, en su patria y en el extranjero, un elemento clave de su diplomacia.

Después de toda una vida de estar marginado, Huang, ahora de 63 años, parece estar un tanto inseguro acerca de cómo relacionarse con el amistoso nuevo gobierno. Al tiempo que apenas puede contener su regocijo ante el giro completo que ha dado la situación política en su país, se apresura a señalar los continuos lapsos en que incurre Taiwan.

Y trata de explicar, tanto a otros como a él mismo, su propia historia: o sea, cómo un oponente de la pena capital bien podría haber sido un asesino. ‘‘Algunas personas podrían decir que hay una contradicción en esto’’, admitió en una conversación reciente. ‘‘Pero yo no creo que eso sea verdad.

‘‘Si se analiza el historial de los abolicionistas, la mayoría de ellos fueron soldados en un momento u otro’’, dijo, para explicar que el hombre al que quiso matar era el dirigente, entre otras cosas, de la criminal policía secreta. ‘‘Si yo hubiera sido ciudadano de una sociedad más democrática, nunca hubiera imaginado hacer algo así’’.

La democracia llegó gradualmente a Taiwan a lo largo de los dos últimos decenios, eventualmente alentada por Chiang, el afortunado sobreviviente del atentado en el Hotel Plaza. El mes pasado, en una especie de culminación de la transición democrática de Taiwán, la isla registró su primera transferencia pacífica del poder presidencial a un candidato opositor.

Chen, en su discurso de toma de posesión del 20 de mayo, prometió adoptar los tratados internacionales sobre derechos humanos y cumplir con sus cláusulas en Taiwan incluso si –como proscrito diplomático que es desde que Beijing desplazó a Taipei en Organización de las Naciones Unidas– Taiwán no es vuelto a ser aceptado en la ONU. Chen ha propuesto crear una comisión nacional supervisora del respeto a los derechos humanos y cultivar relaciones con grupos privados e intergubernamentales en el extranjero.

El ministro de Relaciones Exteriores de Chen habla de ‘‘diplomacia de derechos humanos’’, utilizando tales iniciativas para multiplicar los contactos internacionales de Taiwán y, no accidentalmente, acentuar la percepción global de las diferencias entre esta nación con libertad de expresión, y la China continental, gobernada por los comunistas, que reclama soberanía sobre la isla.

Esta estrategia parece la obvia para Taiwán, que lucha contra el severo aislamiento diplomático impuesto por Beijing y cuya valerosa democracia ha conquistado admiración en el mundo. Y la estrategia es doblemente exitosa cuando es dirigida por Chen, de 49 años, quien en su momento luchó como individuo por los derechos democráticos en los últimos años de la dictadura del Partido Nacionalista.

Mientras los nacionalistas han dado la impresión a últimas fechas de estar empantanados en el pasado –derrocharon enorme energía y recursos cortejando a periódicos y políticos ultraconservadores en el extranjero– Chen espera, con la nueva estrategia, atraer un vigoroso respaldo nuevo por parte de un grupo diferente de personajes y países más políticamente liberales.

Huang tiene una reacción mixta respecto de este enfoque diplomático. ‘‘Mi primera meta es mejorar las condiciones de los derechos humanos aquí, en Taiwan’’, dijo. ‘‘Si también recibimos beneficios internacionales como resultado, mejor aún.

‘‘En comparación con algunos países, las condiciones no son tan malas’’, admitió, señalando que las libertades de expresión y asociación están relativamente seguras. En otras áreas, sin embargo, como el derecho de los sospechosos de actividad criminal o el uso de los poderes legales y fiscales del gobierno, los abusos no han cesado, dicen él y otros.

Durante la conversación, Huang vuelve a mencionar su acto desesperado y definitorio en 1970. Describió haber viajado a Estados Unidos como estudiante a mediados de la década de 1960 y verse envuelto en el intenso fermento de esa era, incluyendo los movimientos antibélicos y de derechos civiles.

‘‘El contraste entre las condiciones en Taiwan era en verdad surrealista’’, dijo, recordando una isla en la que los libros estaban prohibidos y los disidentes eran encarcelados.

Huang asistió a la Universidad de Pittsburgh y luego, en los días del atentado, fue estudiante de posgrado en sociología en Cornell. Una vez en Estados Unidos se afilió rápidamente al movimiento independentista de Taiwan, cuyo objetivo era tanto derrocar a la dictadura del Partido Nacionalista -dominado por chinos continentales que habían huido a Taiwán después de la guerra civil china- como en reafirmar la posición de Taiwan con relación a China.

Muchos estudiantes taiwaneses en Estados Unidos estaban interesados en eliminar a Chiang Ching–kuo, dijo. Un grupo de estudiantes de Ingeniería idearon una serie de conjuras en los que recurrirían a bombas o atentados con francotiradores, pero otros estudiantes, entre ellos Chen, estuvieron en desacuerdo.

‘‘Decidimos que debía ser un acto político, hecho abiertamente, y que no debíamos lesionar a inocentes’’, dijo. ‘‘De forma que la única forma era acercarse lo más posible a él’’.

En la actualidad, citando su precaria situación legal – aparte de sus problemas con las autoridades taiwanesas supone que todavía es buscado para ser enjuiciado en la Ciudad de Nueva York– Huang rehúsa discutir el cuarto de siglo que pasó en la clandestinidad, diciendo solo que tuvo una vida relativamente normal y se vio involucrado en ‘‘diversas causas’’.

‘‘No trataré de defenderme’’, dice escuetamente, refiriéndose al intento de asesinato. ‘‘Solo pido que la gente que me juzgue utilice los mismos estándares para juzgar a Chiang Ching–kuo’’.

La reputación internacional del hijo de Chiang Kai– shek se ha elevado marcadamente desde su muerte en 1968, porque en sus años postreros, bajo presión de la descontenta mayoría taiwanesa y de los patrocinadores estadounidenses de Taiwan, relajó las riendas de la dictadura y empezó a abrir el camino hacia elecciones libres.

Huang, lo cual no es sorprendente, es menos generoso que muchos con sus elogios acerca del difunto hombre fuerte taiwanés. ‘‘Un dictador menos inteligente probablemente hubiera tratado de suprimir a los taiwaneses a cualquier costo’’, dice. ‘‘Pero recuerde: es como si él hubiera apagado el fuego que él mismo ayudó a encender’’.

Huang acaba de abandonar el cargo de presidente de la Asociación de Derechos Humanos de Taiwan, pero sigue en su mesa directiva, y dice que ahora planea escribir sus memorias.

The New York Times News Service/Taipei, Taiwan

 
     

[ volver a la página principal ]

Si desea comunicarse con nosotros, contáctenos a

internet@prensa.com