Taiwan
y su vicepresidenta
La
vicepresidenta de Taiwan: una mujer que dice lo que piensa
Mark
Landler
Annette
Lu dice que ‘‘Taiwan es un Estado soberano independiente’’. Piensa
que el presidente Bill Clinton debería invitar a la Casa Blanca
a los líderes de Taiwan y China para conciliar sus diferencias.
Y cuando se le pregunta si hay dos Chinas –una idea que escandaliza
a Beijing y obliga a la mayoría de los funcionarios de Taiwan
a hacer contorsiones verbales– ella no vacila un instante en contestar:
‘‘Yo diría que sí’’.
¿Es
de extrañar entonces que el nuevo gobierno del presidente Chen
Shui–bian parezca estar ansioso de silenciar a su franca vicepresidenta?
En una entrevista, Lu, de 56 años, ofreció opiniones acerca de
todo, desde las relaciones entre China y Taiwan hasta las relaciones
entre hombres y mujeres. Se mostró totalmente carente de remordimiento
por haber descrito a los dos países, en una entrevista previa,
como ‘‘parientes lejanos y vecinos cercanos’’. Esa frase generó
una reacción violenta de Beijing, que calificó a Lu de ‘‘basura’’
que pretende promover la independencia de Taiwan.
‘‘No
hice nada malo, no hice nada malo’’, repite Lu en una voz suave,
que igualmente puede ser sombría que juguetona, según el tono.
‘‘Es extraño que China, una nación tan grande, elija a una mujer
como blanco. Súbitamente, me hice famosa. No merezco tanto’’,
dijo.
Lu es la primera mujer elegida como vicepresidenta de Taiwan,
y es la mitad de la planilla que derribó del poder al Partido
Nacionalista, después de más de medio siglo de gobierno. Y, según
su propia evaluación, ella es la primera mujer que es elegida
en una posición de liderazgo en los 5000 años de historia china.
Con tanta historia atrás de ella, la descripción que hace Lu de
su carrera tiene todos los elementos de una narrativa épica. Nacida
en Taiwan y líder feminista, en el pasado fue encarcelada durante
cinco y medio años por el gobierno nacionalista, después de haber
sido acusada de promover la independencia. Y ahora los líderes
chinos la denuncian por la misma causa.
‘‘Me
acusan de lo que el KMT me acusó hace 20 años’’, dice Lu, utilizando
las iniciales que se refieren al nombre chino del Partido Nacionalista,
el Kuomintang. ‘‘Veinte años después, el mismo partido que me
reprimió está dispuesto a transferir su régimen a mí en nombre
de los combatientes por la libertad’’, afirma.
Otros líderes de la nueva administración se apresuran a comentar
que el poder se está transfiriendo al presidente Chen, un político
cauteloso que desde que fue elegido, en marzo, ha estado tratando
de calmar los ánimos de China en lo relativo a la independencia
de Taiwan. Aunque el partido de Chen, el Partido Progresista Democrático,
oficialmente está en favor de la independencia, el nuevo Presidente
dice ahora que se trata de un paso innecesario.
Desde su elección, Chen ha propuesto eliminar los límites sobre
las inversiones taiwanesas en China y discutir el establecimiento
de vínculos comerciales directos con la China continental. Se
ha abstenido también de declaraciones acerca del papel de Estados
Unidos en el enfrentamiento entre ambas naciones. Las frecuentes
sugerencias de Lu en el sentido de que Estados Unidos actúe como
mediador han irritado a altos funcionarios en el gobierno.
‘‘Nuestra
franca vicepresidenta nuevamente dijo lo que pensaba respecto
de ese asunto’’, dijo el ministro de Relaciones Exteriores, Tien
Hung-mao, en una entrevista. ‘‘Lo cierto es que eso no es una
política oficial’’, añade.
Otra gente es más severa. ‘‘Es un cañón suelto’’, dice Andrew
Young, director del Consejo Chino de Estudios Políticos Avanzados.
‘‘No
comparte las mismas ideas políticas de Chen Shui- bian. Se ve
a sí misma como la guardiana de la independencia taiwanesa’’,
señalan.
El problema, para funcionarios como Tien, es que Lu considera
que los asuntos extranjeros caen dentro de su área de actividad
y de conocimientos. Abogada con títulos de las Universidades de
Illinois y Harvard, Lu ha encabezado los vanos esfuerzos de Taiwan
para ser readmitida a las Naciones Unidas. Un currículum enlista
viajes a Sudáfrica, Nicaragua, Irlanda y Holanda, y les da la
misma importancia que sus cinco triunfos electorales.
‘‘Al
inicio de la campaña, la gente esperaba que fuera activa en asuntos
extranjeros y asuntos con el continente’’, dijo. ‘‘Todo depende
de dónde desee el presidente Chen que yo contribuya’’
Shiou–Jen Chang, una mujer en el Parlamento que conoce a Lu, recuerda
la energía e imaginación que aportó la vicepresidenta al quijotesco
esfuerzo de Taiwan para reingresar a las Naciones Unidas. En 1997,
contrató un dirigible con un letrero brillante para que volara
alrededor del edificio de las Naciones Unidas, mientras una embarcación
que ondeaba otro letrero similar navegaba por el East River, y
una muchedumbre protaiwanesa desfilaba por las aceras.
‘‘Cada
año proponía una forma diferente para ingresar a la ONU’’, dice
Chang. No le importa cómo reaccione la gente. Dice y hace exactamente
lo quiere, en lo que cree’’.
Diversos analistas opinan que los asesores más cercanos a Chen
están maniobrando para dejar al margen a Lu. Durante esta entrevista,
no hubo colaboradores presentes, lo que es extraño tratándose
de la segunda funcionaria más importante del país. Y ella misma
dice que no participó en la redacción del discurso de toma de
posesión de Chen porque el texto estaría sujeto a un intenso escrutinio
por China.
Lu dice, sin embargo, que los rumores de que la están aislando
han sido plantados por gente, aquí y en la China continental,
que quiere separarla de Chen. El surgimiento de una mujer franca,
dice, sin duda tenía que causar molestias en ambos lados del estrecho.
‘‘Dentro
del círculo interno del poder, todavía no están listos para aceptar’’,
dice Lu, con la sonrisa de quien ha vivido experiencias semejantes.
‘‘Pero ya están empezando a hacerlo’’, agrega.
The New York Times News Service/Taipei, Taiwan
La
causa de Peter Huand
Un
asesino potencial busca ahora la reforma social en Taiwan
Erick
Eckholm
Nadie
puede decir que Peter Huang no corre riesgos en defensa de su
causa.
El otro día, Huang, un activista de los derechos humanos que se
describe a sí mismo como ‘‘persona dedicada a los movimientos
sociales’’ estaba en la calle con compañeros opuestos a la pena
capital, exigiendo un nuevo juicio para tres reos en la crujía
de la muerte, cuyas confesiones, dicen, fueron obtenidas mediante
torturas.
Huang realizó un gesto público más dramático en abril de 1970
en la escalinata principal del Hotel Plaza de la Ciudad de Nueva
York. Allí, en nombre del movimiento nativo taiwanés por los derechos
humanos, trató de asesinar a Chiang Ching–kuo, el hijo de Chiang
Kai–shek, quien entonces estaba reemplazando a su enfermo padre
como jefe de la dictadura del Partido Nacionalista en Taiwán.
Huang se vio frustrado solo por los rápidos reflejos de un guardia,
quien lo golpeó en el brazo cuando disparaba una pistola Beretta
calibre .25, lo que envió la bala a través de la puerta giratoria
de cristal del hotel. Huang y un cómplice fueron declarados culpables
en Nueva York de intento de asesinato, pero violaron su libertad
condicional y huyeron a Europa.
Un cuarto de siglo después, en 1996, Huang, también conocido por
su nombre Huang Wen–hsiung, volvió a emerger después de que ingresó
clandestinamente en un Taiwan transformado y democrático. Todavía
está enfrentando acusaciones de ingreso ilegal –el estatuto de
limitaciones sobre el intento de asesinato había expirado– pero
en el intervalo se ha convertido en un defensor respetado de los
derechos civiles y legales, que en opinión de muchos expertos
no están adecuadamente protegidos en Taiwan.
Ahora, con el derrumbe de los nacionalistas en las elecciones
de marzo pasado y la toma de posesión de Chen Shui–bian como presidente,
Taiwan tiene un líder nacional que ha dado acogida a muchas de
las ideas de Huang. Chen incluso ha jurado hacer de la defensa
de los derechos humanos, en su patria y en el extranjero, un elemento
clave de su diplomacia.
Después de toda una vida de estar marginado, Huang, ahora de 63
años, parece estar un tanto inseguro acerca de cómo relacionarse
con el amistoso nuevo gobierno. Al tiempo que apenas puede contener
su regocijo ante el giro completo que ha dado la situación política
en su país, se apresura a señalar los continuos lapsos en que
incurre Taiwan.
Y trata de explicar, tanto a otros como a él mismo, su propia
historia: o sea, cómo un oponente de la pena capital bien podría
haber sido un asesino. ‘‘Algunas personas podrían decir que hay
una contradicción en esto’’, admitió en una conversación reciente.
‘‘Pero yo no creo que eso sea verdad.
‘‘Si
se analiza el historial de los abolicionistas, la mayoría de ellos
fueron soldados en un momento u otro’’, dijo, para explicar que
el hombre al que quiso matar era el dirigente, entre otras cosas,
de la criminal policía secreta. ‘‘Si yo hubiera sido ciudadano
de una sociedad más democrática, nunca hubiera imaginado hacer
algo así’’.
La democracia llegó gradualmente a Taiwan a lo largo de los dos
últimos decenios, eventualmente alentada por Chiang, el afortunado
sobreviviente del atentado en el Hotel Plaza. El mes pasado, en
una especie de culminación de la transición democrática de Taiwán,
la isla registró su primera transferencia pacífica del poder presidencial
a un candidato opositor.
Chen, en su discurso de toma de posesión del 20 de mayo, prometió
adoptar los tratados internacionales sobre derechos humanos y
cumplir con sus cláusulas en Taiwan incluso si –como proscrito
diplomático que es desde que Beijing desplazó a Taipei en Organización
de las Naciones Unidas– Taiwán no es vuelto a ser aceptado en
la ONU. Chen ha propuesto crear una comisión nacional supervisora
del respeto a los derechos humanos y cultivar relaciones con grupos
privados e intergubernamentales en el extranjero.
El ministro de Relaciones Exteriores de Chen habla de ‘‘diplomacia
de derechos humanos’’, utilizando tales iniciativas para multiplicar
los contactos internacionales de Taiwán y, no accidentalmente,
acentuar la percepción global de las diferencias entre esta nación
con libertad de expresión, y la China continental, gobernada por
los comunistas, que reclama soberanía sobre la isla.
Esta estrategia parece la obvia para Taiwán, que lucha contra
el severo aislamiento diplomático impuesto por Beijing y cuya
valerosa democracia ha conquistado admiración en el mundo. Y la
estrategia es doblemente exitosa cuando es dirigida por Chen,
de 49 años, quien en su momento luchó como individuo por los derechos
democráticos en los últimos años de la dictadura del Partido Nacionalista.
Mientras los nacionalistas han dado la impresión a últimas fechas
de estar empantanados en el pasado –derrocharon enorme energía
y recursos cortejando a periódicos y políticos ultraconservadores
en el extranjero– Chen espera, con la nueva estrategia, atraer
un vigoroso respaldo nuevo por parte de un grupo diferente de
personajes y países más políticamente liberales.
Huang tiene una reacción mixta respecto de este enfoque diplomático.
‘‘Mi primera meta es mejorar las condiciones de los derechos humanos
aquí, en Taiwan’’, dijo. ‘‘Si también recibimos beneficios internacionales
como resultado, mejor aún.
‘‘En
comparación con algunos países, las condiciones no son tan malas’’,
admitió, señalando que las libertades de expresión y asociación
están relativamente seguras. En otras áreas, sin embargo, como
el derecho de los sospechosos de actividad criminal o el uso de
los poderes legales y fiscales del gobierno, los abusos no han
cesado, dicen él y otros.
Durante la conversación, Huang vuelve a mencionar su acto desesperado
y definitorio en 1970. Describió haber viajado a Estados Unidos
como estudiante a mediados de la década de 1960 y verse envuelto
en el intenso fermento de esa era, incluyendo los movimientos
antibélicos y de derechos civiles.
‘‘El
contraste entre las condiciones en Taiwan era en verdad surrealista’’,
dijo, recordando una isla en la que los libros estaban prohibidos
y los disidentes eran encarcelados.
Huang asistió a la Universidad de Pittsburgh y luego, en los días
del atentado, fue estudiante de posgrado en sociología en Cornell.
Una vez en Estados Unidos se afilió rápidamente al movimiento
independentista de Taiwan, cuyo objetivo era tanto derrocar a
la dictadura del Partido Nacionalista -dominado por chinos continentales
que habían huido a Taiwán después de la guerra civil china- como
en reafirmar la posición de Taiwan con relación a China.
Muchos estudiantes taiwaneses en Estados Unidos estaban interesados
en eliminar a Chiang Ching–kuo, dijo. Un grupo de estudiantes
de Ingeniería idearon una serie de conjuras en los que recurrirían
a bombas o atentados con francotiradores, pero otros estudiantes,
entre ellos Chen, estuvieron en desacuerdo.
‘‘Decidimos
que debía ser un acto político, hecho abiertamente, y que no debíamos
lesionar a inocentes’’, dijo. ‘‘De forma que la única forma era
acercarse lo más posible a él’’.
En la actualidad, citando su precaria situación legal – aparte
de sus problemas con las autoridades taiwanesas supone que todavía
es buscado para ser enjuiciado en la Ciudad de Nueva York– Huang
rehúsa discutir el cuarto de siglo que pasó en la clandestinidad,
diciendo solo que tuvo una vida relativamente normal y se vio
involucrado en ‘‘diversas causas’’.
‘‘No
trataré de defenderme’’, dice escuetamente, refiriéndose al intento
de asesinato. ‘‘Solo pido que la gente que me juzgue utilice los
mismos estándares para juzgar a Chiang Ching–kuo’’.
La reputación internacional del hijo de Chiang Kai– shek se ha
elevado marcadamente desde su muerte en 1968, porque en sus años
postreros, bajo presión de la descontenta mayoría taiwanesa y
de los patrocinadores estadounidenses de Taiwan, relajó las riendas
de la dictadura y empezó a abrir el camino hacia elecciones libres.
Huang, lo cual no es sorprendente, es menos generoso que muchos
con sus elogios acerca del difunto hombre fuerte taiwanés. ‘‘Un
dictador menos inteligente probablemente hubiera tratado de suprimir
a los taiwaneses a cualquier costo’’, dice. ‘‘Pero recuerde: es
como si él hubiera apagado el fuego que él mismo ayudó a encender’’.
Huang acaba de abandonar el cargo de presidente de la Asociación
de Derechos Humanos de Taiwan, pero sigue en su mesa directiva,
y dice que ahora planea escribir sus memorias.
The New York Times News Service/Taipei, Taiwan
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