Ciudad de Panamá, 17 de julio de 2000
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Del salario mínimo al salario máximo

El sueldo del trabajador se lo paga él mismo con lo que produce

Jaime A. Porcell  

La posición ‘‘B/.500 y una sola zona salarial o nada’’, resulta dolorosamente intransigente ante los ojos de tirios y troyanos. Aunada al consecuente cierre de calles y amenaza de huelga, denotaría más resentimiento ideológico contra una clase opresora, que sana preocupación por una economía. Cargar a los patronos las penurias que traen aparejadas los bajos salarios, enmascararía la falta de iniciativa e irresponsabilidad de quienes tampoco empeñan suficiente esfuerzo en labrarse un salario máximo.

La posición de la dirigencia aísla a los propios obreros, cual derecha cubana en el caso Elián. No deja otra salida a un Gobierno político que gana poco enfrentándolos, pero tampoco a la oposición. En vez de contribuir a mengüar la desaceleración económica que castiga a su pueblo, polariza al país en una lucha de clases, en la que nadie gana.

Peor aún, más que un paso en aquella conquista del poder político por la clase –que plantean pensadores históricos–, lo absurdo de los B/.500 renueva vigencia a los cazadores de brujas que creímos extintos. Como consecuencia política, resulta un bumerang que lleva agua al pozo de la derecha. Mientras, el panameño común al que los obreros defienden y que no entiende de teorías, busca cómo resolver la paila.

Los obreros retrotraen a Marx y lo ubican en el centro del debate, para evidenciar lo inhumano de un capitalismo que concentra mucho en pocos. En el concepto, abrevaríamos desde la Iglesia y la presidenta para abajo. Algunos preferiríamos una perestroika o reconversión, que concertara al país hacia un sistema que produjera mucho para que alcance y sobre. Elevaríamos la productividad a problema de Estado – o sea de todos– tal como lo intenta la política económica que hace explícita en marzo el propio Gobierno.

De que la operación genere ganancia depende la supervivencia y desarrollo tanto de la empresa como del salario. Pero Marx insiste en el enfrentamiento social, al conceptuar plusvalía como salario no retribuido; con la que se queda una especie de ‘‘pillo’’ que se llama empresario. Entonces, quien come candela, vomitará fuego.

El sueldo del trabajador se lo paga él mismo con lo que produce. El costo de planilla va directo al precio del producto que ofrece. Subida exagerada de salario, en un escenario con productividad en retirada, tendría efectos devastadores en la economía. Significa escalada de precios al consumidor tipo inflación.

Quienes defienden los B/.500, aducen que elevaría la capacidad de consumo; mas el argumento resulta falaz. En nada incrementaría el consumo, elevar artificialmente el salario mínimo más alto de Latinoamérica, si el costo de vida se dispara. Empleados públicos, jubilados y desempleados verían inalcanzable la canasta básica.

Las posturas divergentes –coyuntural o históricamente según se quiera– del capital y trabajo, coinciden en apenas dos puntos: que se debe subir el salario mínimo, y en que la actitud del Ministerio de Trabajo de declararse árbitro distante, centrando el conflicto sólo en la empresa privada, no da vigencia a aquella política económica. Refleja pálidamente la comprensión de que se amenaza la economía y a su débil capacidad exportadora. Las repercusiones nacionales resultan demasiado serias como para soslayar un papel activo que integre el problema productivo y la política salarial. La delicada decisión queda finalmente de su lado. Por el bien del país en desasosiego, ojalá no demore.

Cierto que la sociedad está condenando a los trabajadores que no consiguen calificación a una vida de necesidades. En ese sentido tiene con ellos una deuda solidaria. Mas no resulta saludable saldar aquella de un solo tirón, con medidas que no se compadezcan con la productividad y que causarían un traumatismo a la economía. Terminaríamos generando más desempleo. Pero quienes devengan lo mínimo, también pagan así su propia incapacidad de calificarse y aspirar al salario máximo.

El autor es investigador de mercado


La modernización del salario

Nuestra propuesta salarial aspira al mejoramiento de la calidad de vida del trabajador, dotándolo además de mayores conocimientos de su profesión

Luis A. Diez Castillo  

En Panamá es necesario y urgente encontrar el justo medio y la asignación apropiada del salario mínimo en base al trabajo desarrollado y a la productividad, a fin de lograr construir las bases sólidas sobre las cuales habrá de descansar una nación progresista, en un ambiente de paz y democracia.

Somos de la opinión que las escalas o grados salariales deben aplicarse en función de la escolaridad de cada trabajador en todo el territorio nacional. En efecto, tenemos el propósito de plantear aquí una escala o grados salariales cuya meta principal será alcanzar un alto nivel de formación profesional, capacidad productiva y eficiencia del trabajador. No solo buscamos el bienestar del trabajador en forma apriorística, sino que hemos considerado la realidad nacional y los problemas económicos actuales de los panameños –con las características que nos definen como un país tercermundista– en una balanza equilibrada entre la preparación académica y la capacidad productiva del trabajador, proyectada hacia el mejoramiento integral (total) de la educación nacional.

A través de esta propuesta, pretendemos dar una mejor proyección del significado de la preparación tecnológica. Asimismo nos hemos preocupado de que el trabajador amplíe su formación académica con la utilización de sus horas libres en el estudio de algunas materias humanísticas y tecnológicas, que le permitan el necesario conocimiento de su estrato socioeconómico en todas sus dimensiones.

Esto no es todo. Esta propuesta salarial aspira al mejoramiento del status de vida del trabajador panameño, dotándole además de la oportunidad de alcanzar mayores conocimientos de su profesión, de su arte u oficio, tanto en el aspecto teórico como en el práctico, que a su vez le permita elevarse sobre la retrasada estructura cultural, económica y moral nacional, para modernizarla con el propósito de que conozca sus aspectos negativos y positivos. Las dificultades que los elementos que profesan y promueven el neoliberalismo y su sistema esclavista, oponen abiertamente su mejoramiento integral.

He aquí algunos datos fundamentales para llegar a la etapa de presentación de nuestra propuesta salarial.

Vemos algunas cifras. Población –cifra preliminar– del país según el pasado censo: 2,778,440; de acuerdo con cifras incompletas, la población económicamente activa: 1,100,300, o sea, un 38.12% del total; cifra que se distribuye en la siguiente forma:

  • Agropecuario, pesca, acuicultura 505,679
  • Industrias manufactureras 236,486
  • Construcción 29,837
  • Electricidad y agua 1,041
  • Comercio 64,192
  • Transporte, almacenaje y comunicaciones 26,129
  • Servicios (hospitalarios, educación, sanitarios) 200,620
  • No especificados 36,316

Es necesario aclarar que tanto los educadores como los técnicos, maestros y artesanos de la construcción con títulos secundarios, devengarán el salario mínimo de B/.500.00 (salario inicial). Asimismo, todo trabajador tiene derecho a que se le asigne un salario mínimo o inicial y un salario tope o máximo para ese mismo tipo de trabajo.

El salario tope o máximo para cada grado o naturaleza de empleo, se calcula asignando cada dos años un aumento salarial del 10% sobre el salario inicial, hasta completar cinco aumentos en 10 años y nada más. Así por ejemplo, si un trabajador obtiene el salario mínimo de B/.500.00 por la naturaleza de su empleo, entonces su salario tope o máximo será de B/.750.00.

Hay características comunes que nos permiten asignar a los trabajadores de la educación, construcción, transporte y otros, salarios iguales en base al nivel educativo alcanzado, y que son igualmente reconocidos teniendo en consideración su capacidad productiva. A esto hay que añadir el grado de competencia entre ocupaciones y el grado de educación de los trabajadores. Es por ello que insistimos en la necesidad y en la responsabilidad que le cabe al Ministerio de Educación de desarrollar, desde ya, un programa agresivo de alfabetización de adultos, así como el mejoramiento integral de la educación en todos sus niveles.

El autor es historiador y escritor


Ataque injustificado

Exteriorizamos nuestra total satisfacción por las caricaturas de la sección ‘‘Demosgracia’’, especialmente del 6 de julio pasado. Las mismas presentan una academia de defensa personal para maestros y profesores. Resultan acertadas dichas caricaturas, en base a las ‘‘últimas’’ agresiones físicas que en tierras panameñas han sufrido educadores y educadoras a manos de indígenas y no indígenas.

Por la forma como ‘‘avanzan’’ nuestras ‘‘sociedades’’, sería productivo que el Ministerio de Educación brindara capacitación en boxeo, karate o kickboxing, tanto a educadoras como a educadores. Estas clases serían de mejor provecho que algunas peroratas –intrascendentes, repetidas y promotoras del sueño– dictadas por el Ministerio de Educación, llamadas ‘‘seminarios’’.

Adagios futbolísticos y boxísticos plantean que: ‘‘la mejor defensa es un buen ataque’’, y ya nadie deberá extrañarse de que en un momento dado, a cualquier educador o educadora no le quede más remedio que abandonar la dialéctica, la diplomacia, el respeto y la mansedumbre, para caer en la espiral de la violencia en pro de la propia defensa.

La violencia engendra violencia y todas las personas que son docentes no siempre estarán anuentes a mantenerse como víctimas al inicio o en el transcurso de una agresión. ¿Es obligación de un educador dejarse agredir o matar para que no se le tilde de persona inculta, si no hay otra alternativa que defenderse con la violencia?, ¿sería también la obligación de un sacerdote?

Dios nunca ‘‘castiga’’ si –a la luz de la verdad– se justifica montar un ataque defensivo como última o única alternativa para hacerse respetar.

Diógenes Iván Riley Educador


Felicitaciones

Leí con mucha atención y emoción el reportaje Un angelito salvó a Mónica de la periodista Nubia Aparicio.

Me hizo revivir emotivos momentos que compartimos con el entrañable amigo Stanley Muschett, ahora director del diario La Prensa.

Permítame expresarle mi más sinceras felicitaciones por tan hermoso reportaje. Los que conocemos al Dr. Muschett Ibarra sabemos el valor que le da a manifestaciones de esta naturaleza.

Los que queremos a la familia Muschett, que es mucha gente, seguimos orando en acción de gracias por la salud de Mónica.

Carlos Voloj Pereira.


La Presidencia, los estilos y los resultados

La falta de transparencia puede convertirse en el mayor peligro de la Presidencia  

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Mi nueva vivencia como asesor presidencial ad–honorem me ha convertido en un estudioso de la institución presidencial, siempre en busca de ideas que puedan convertir el período presidencial en un éxito, en lo más eficaz posible, sobre todo para los más vulnerables de la sociedad. Estoy leyendo vorazmente sobre el tema; he conversado con personas de este país y de otros con experiencias vivenciales, entre ellos un ex Chief of Staff de Clinton a quien le tocó reorganizar su presidencia después del desastroso primer año. He hablado con políticos europeos sobre la curva de aprendizaje de un nuevo gobierno en el área más experimentada del globo terráqueo (todos me hablan de 12 a 18 meses). En fin, como en toda experiencia nueva, he hecho la labor del buen aprendiz para poder contribuir en la forma más eficaz posible.

En todo el proceso encontré lo obvio: que la personalidad y estilo de la persona humana que ocupa la poltrona presidencial es lo que hace la diferencia. Fred Geenstein, un profesor de política de Princeton –incluso ha publicado un libro titulado The Presidencial Difference en el que analiza el estilo de liderazgo de los presidentes norteamericanos desde Franklin Delano Roosevelt hasta Clinton– en su análisis determina lo que considera las seis cualidades vitales para la eficacia: comunicación, capacidad organizativa, capacidad, visión, estilo cognitivo o inteligencia emocional. Su relato revela cosas interesantísimas. Detallo algunas cápsulas.

  • Roosevelt: encontró la necesidad de crear una ‘‘oficina ejecutiva del presidente’’ (no de la Presidencia). Se trata de una oficina ejecutiva personal para ayudarlo con eficacia a darle seguimiento a la ejecución de su plan de gobierno. Además, creó en la Casa Blanca un buró de presupuesto con este mismo fin. En el tema de comunicación inventó sus Fireside Chats... o conversaciones con el pueblo y se reunía dos veces por semana con los reporteros off the record para darles información del entorno. Roosevelt nunca reveló la totalidad de su pensamiento a nadie, incluso a sus más íntimos. Le encantaba poner a dos o más personas a ejercer funciones en una misma tarea, creando rivalidades que resultaban en una moral pobre entre sus colaboradores, quienes nunca sabían cuál sería su decisión sobre el tema; alguno lo llamó el ‘‘uso creativo de la indirección’’. Otro colaborador lo catalogó como ‘‘un intelecto de segunda con un temperamento de primera’’. Sin embargo, sus primeros 100 días fueron un éxito sin precedentes, porque proyectó visión e inspiración al pueblo en un momento de profunda crisis.

  • Truman: primer presidente sin título universitario. Un hombre sin visión, con un liderazgo reactivo. Truman no era un líder pero sí un hombre de coraje, de decisiones definitivas, que hablaba claro.

  • Eisenhower: héroe militar antes de ser presidente; decía que el optimismo y pesimismo son infecciones e irrigan más rápidamente de la cabeza hacia abajo, que viceversa. Así su objetivo primario era preservar el optimismo en el país y en su mando, más que procurar la pedagogía desde el púlpito presidencial. En organización institucional era un líder experimentado. Creó en la Casa Blanca la oficina del Chief of Staff y el Consejo Nacional de Seguridad. Los procesos de deliberación eran rigurosos y era creador de equipos de trabajo. Instituyó reuniones semanales del Gabinete, siendo precedidas por ‘‘documentos de discusión’’ preparados por una oficina que manejaba la agenda, llamada ‘‘Secretaría del Gabinete’’. Su visión se basaba en la claridad de sus objetivos.

  • Kennedy: previo a su asesinato, su popularidad había decaído 19 puntos. La organización en la Casa Blanca era informal. No había reuniones regulares. Su tesis era de menos formalidad para evitar el aislamiento, resultando en una Casa Blanca desordenada pero con asesores de intelecto privilegiado. Sus discursos –producidos por Theodore Sorenson– eran siempre transformadores. El espíritu de cuerpo de su equipo siempre será un modelo a imitar, aun cuando personalmente lo dirigía todo, siendo poco efectivo. El desastre de Bahía de Cochinos fue la comprobación del desorden en la Casa Blanca.

  • Johnson: gran político, respondía a los eventos escuchando a sus asesores, decidiendo ‘‘ni pa’ ti, ni pa’ él; cortemos por la mitad’’. Su ‘‘guerra contra la pobreza’’ nunca encontró la fórmula para romper el ciclo de la misma. Sus problemas emocionales y su reacción a la deslealtad que lo rodeó impidieron una presidencia eficaz.

  • Nixon: introvertido y socialmente inepto, pero inteligente y con un conocimiento enciclopédico sobre la política, se dedicó a movidas inesperadas en el campo internacional (la apertura a China). Fue ‘‘tumbado’’ de la Presidencia por su falta de integridad.

  • Ford: su poca contribución a la Presidencia fue la creación de un Consejo de Política Económica, que convirtió sus acciones en predecibles para propios y extraños. Demostró también que el veto presidencial es arma poderosa frente a un Organo Legislativo dominado por la oposición.

  • Carter: quizás el presidente más inteligente y menos eficaz de EU. Tenía posiciones completísimas sobre todos los temas individuales, pero no tenía una visión sobre cómo se interrelacionaban. Pasó a ser el mejor ex presidente de EU.

  • Reagan: superficial, pero gran comunicador. De temperamento optimista y de gran autoconfianza. Dejó que los de su equipo aprovecharan sus fuerzas y lo protegieran de sus debilidades. Impuso así su visión sobre el país y el mundo.

  • Bush: experimentado político, poco visionario. Una presidencia más bien táctica, sin calamidades emocionales. Su emoción sólo se agitaba cuando se dudaba de su patriotismo, como lo comprobaron Hussein y Noriega.

  • Clinton: Clinton inició su presidencia en forma desordenada y desastrosa. Perdió la agenda pública a ‘‘Gays in the Military’’ y al barbero de Hollywood quien –mientras lo pelaba en el avión presidencial– paralizó el aeropuerto de Los Angeles, etc. Su popularidad cayó 20 puntos en el primer año, pero demostró capacidad de autocorrección y permitió que expertos le organizaran la Casa Blanca.

Aparte de los problemas por sus relaciones extra maritales, afrontó con éxito un Congreso no solo contrario sino hostil, con un Gingrich procurando crear un gobierno desde el Congreso. Clinton ganó y Gingrich desapareció. La economía floreció y la presidencia de Clinton, de ocho años, terminará siendo buena gracias a una buena organización de la Casa Blanca (Panetta y Erskine Bowles) y a un gran talento comunicador.

En conclusión, en el mundo real las imperfecciones humanas son inevitables en los/las presidentes (as). Pocos son oradores excepcionales. Mireya Moscoso no lo es –como tampoco lo fue Arnulfo Arias–, pero sus discursos son cada día mejores en sustancia y en entrega. Se comunica bien con su pueblo y dio el ansiado cambio: de una Presidencia imperial a una accesible dedicada a lo social. Pocos presidentes han sido competentes organizacionalmente. He aquí donde considero que Mireya Moscoso tiene mucho camino que andar, pero tiene en su entorno gente que la podría ayudar a recortar el camino. En habilidad política – una condición vital para la Presidencia– Mireya Moscoso se destaca en forma extraordinaria. Su capacidad para inventar un nuevo método de gobierno logrando consensos nacionales no solo puede ser lo que haga de su Presidencia un éxito, sino que puede tener vigencia histórica. En visión, virtud rarísima en la Presidencia, Mireya Moscoso todavía no demuestra sus quilates; pero tiene la oportunidad de demostrarlos, ya que la visión de un país con proyectos de nación que tengan el apoyo de todos los sectores de la sociedad, nos puede inyectar a los panameños la energía necesaria para saltar con la consensuada Visión 2020 al ‘‘primer mundo’’; el tiempo dirá.

Con relación a la inteligencia emocional, Mireya Moscoso es superior a la media. Produce simpatías naturales en todos los que la conocen. La integridad –tema vital que llevó a EU a tumbar institucionalmente por primera vez a un presidente (Nixon) y que en América Latina ha acabado con presidencias en Brasil, Venezuela, Ecuador y otros– es el más grande peligro para una presidencia moderna. Ya no son los yerros militares los que tumban presidentes, sino la corrupción. La maleantería tiene como objetivo siempre buscar la manera de penetrar en todos los gobiernos y siempre son los mismos...ó amigos y parientes de los mismos. En países pequeños, las relaciones interpersonales complican aún más la situación. La presidenta, quien como extraordinaria política sabe bien quién es quién, debe formular ya su política de transparencia pública para proteger su gobierno de lo que podría constituir el mayor de los peligros a su gestión histórica como primera mujer mandataria de nuestra nación.

El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana


El idioma de Dios

Las bases químicas del idioma de Dios son la adenina, la timina, la citosina y la guanina

Juan Carlos Ansin

Cada día tiene su misterio y en ese no saber qué nos deparará el futuro inmediato, posiblemente radique todo el secreto que hace que la vida merezca ser vivida como una aventura cotidiana, con sus sorpresas, alegrías, intrigas, amarguras y sus temores.

El 26 de junio fue uno de esos días. En la pantalla de televisión se vio al presidente Clinton; lo acompañaban dos hombres. Con voz acorde a la circunstancia, el mandatario americano anunciaba al mundo y a la posteridad que estos dos hombres habían logrado descifrar el genoma humano. Lo dijo con una frase inmejorable, que resume a la vez esas esperanzas y temores de la humanidad.

El hombre había hallado al fin la forma de descifrar el idioma de Dios, el código secreto para crear a otro.

El hecho de que ese código esté contenido en cuatro letras –las iniciales de cuatro sustancias– que son como las palabras por las cuales los cabalistas han pasado siglos y milenios en desvelo, no parece un hecho fortuito. El realismo mágico de la literatura suele ser, más de una vez, el alimento de la ciencia, aun de las ciencias puras como las matemáticas y la física. No hay incompatibilidades en ello; la ciencia avanza entre sueños por las fantasías, la nimiedades, los fracasos y los errores que acomete la mente cada día con su noche. Me cuesta creer que las ciencias exactas continúan siendo descubiertas de la ignorancia por el mero gusto hacia una abstracción. Yo quiero creer –Vattimo dixit– que fue por el sueño de libertad que invariablemente persigue la humana ambición de conocer.

Las bases químicas del idioma de Dios son la adenina, la timina, la citosina y la guanina. El código está formado por las miles de millones de posibilidades de combinación de estas cuatro letras simples: A–T– C–G y por la forma de agruparse entre ellas.

Algo que nos transporta al borde de la literatura fantástica, esa especie de buhardilla donde se guarda lo que no parece inútil, pero que por alguna atávica razón no se quiere tirar. Allí, en ese rincón, continúa viviendo Julio Verne.

Recuerdo que en el Golem de Meyrink, el rabino de Praga había escrito en la frente del homúnculo que había creado, la palabra secreta que las leyes de la cabalística habían descifrado de las sagradas escrituras: EMET –que quiere decir vive– y con ellas le infundió vida a su Golem. También fueron cuatro letras y aunque ni ellas ni la secuencia coincidan, anduvo muy cerca de cumplir su cometido. Quizá por ese error humano el Golem resultó ser un pequeño monstruo. El rabino lo tuvo que matar borrándole la primera letra de su frente y así quedó la palabra MET, que quiere decir muerto. Un peligro similar del que no estamos exentos en la realidad actual.

Es cierto que todo gran descubrimiento que conmociona los cimientos de nuestra civilización produce inquietud y zozobra. Ha sucedido con la producción del fuego, con la pólvora, con el descubrimiento de los microbios, con la astronomía, la luz y el átomo. Elementos tan útiles como imprescindibles para la supervivencia de la especie, pero lo suficientemente peligrosos como para eliminarla. El miedo es producto de la desconfianza del hombre hacia el hombre, raramente hacia Dios. Aunque la historia no es una ciencia determinista, ella nos sirve de guía para señalar dónde y cuán lejos nos hallamos del abismo. Cuando mil 500 años después, se pudo por fin observar y se logró manipular el átomo, hasta entonces visto sólo por el intuitivo cerebro de Demócrito de Abdera en un rincón de la Grecia antigua, el hombre utilizó esa casi infinita producción de energía como lo hizo aquel aborigen de la Polinesia golpeando el pedernal, no para hacer una hoguera y cocer en ella sus alimentos, ni proveerse de calor, sino para exterminar a sus enemigos, ya fueran fieras o un puñado de aborígenes iguales a él, que pensaban distinto o que pretendían lo mismo. Vista y comprobada esta imperfección del hombre, Borges se preguntaba: ¿cuál habrá sido el error de Dios al escribirnos?

Hoy la humanidad ha crecido en número y en conocimiento, pero las 10 leyes morales en que se funda la civilización occidental no han cambiado. La moral y la ética siguen allí haciéndonos cosquillas en el alma, o en la psique o como quiera se llame el lugar donde vive la conciencia del hombre. Esa misma conciencia que no ha titubeado en Hiroshima y Nagasaki, pero que al cotejar los resultados de tales hecatombes le ha puesto coto a tal locura. Cada año, en un lugar ignoto, se reúnen científicos de todas partes del mundo para trazar la línea que nos separa de ese abismo que la historia nos sigue señalando. Hasta ahora han prevalecido el buen juicio y su tino. Esperamos que en esta nueva era genética continúen por el mismo sendero. Pues es dentro del mismo hombre donde reposa su destino y aunque él dependa de solo cuatro letras, ¿quién sabe lo que Dios pudiera hacer con el abecedario? Porque como bien lo manifiesta el prestigioso psiquiatra inglés Ronald Laing: ‘‘El lenguaje es un engaño fraguado por una mimesis de supervivencia entre el cazador y su presa’’.

El autor es médico

 
     

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