Ciudad de Panamá, 17 de julio de 2000
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Gehry deploró el oportunismo que hasta ahora ha caracterizado algunas obras de las áreas revertidas

Betty Brannan Jaén
Corresponsal

bbrannan@prensa.com

PANAMA, R. P. –Si hay panameños que dudan de la estatura profesional del arquitecto Frank Gehry – quien ha diseñado tres obras para Panamá–, su escepticismo se corregirá con solo ver la portada de la revista TIME de la semana pasada (26 de junio de 2000). Un cintillo en la portada celebra el más reciente triunfo del afamado arquitecto: el nuevo museo interactivo de rock and roll que acaba de abrir en Seattle.

Tras el triunfo sensacional de su diseño para el Museo Guggenheim en Bilbao, Gehry ha vuelto a triunfar, pero con una obra totalmente distinta. Los críticos estadounidenses coinciden en señalar que donde el Museo Guggenheim es un ‘‘templo al arte’’ –una estructura de enorme refinamiento y elegancia– el ‘‘Proyecto Experiencia Musical’’ [o EMP por sus siglas en inglés] es un homenaje a la exuberancia cruda de la música rock. Habrá quienes tilden el edificio de feo, sobre todo en comparación al de Bilbao, pero los comentaristas norteamericanos son unánimes en opinar que Gehry ha logrado hacer que la estructura misma exprese la esencia de la música rock.

El edificio ‘‘le da forma física al ritmo del rock’’, dijo el San Diego Union Tribune. ‘‘Aunque no sea el esfuerzo más exitoso de Gehry, es un homenaje imaginativo al espíritu revoltoso del rock and roll’’, comentó el Atlanta Journal Constitution. Es un ‘‘experimento sicodélico’’ con poder ‘‘hipnótico’’ y ‘‘emotivo’’, opinó el New York Times. Es sencillamente una estructura ‘‘triunfal’’, proclamó con entusiasmo el Seattle Times.

Como el artículo de TIME explica con abundantes superlativos, Frank Gehry es considerado el arquitecto más importante de nuestros tiempos, quizás el más importante del siglo. Aun antes de confirmarse la magnitud de su triunfo con la obra de Bilbao, de todas partes del mundo le llovían propuestas de trabajo. En Cincinnati: un laboratorio de ciencia molecular. En Washington: un anexo al Museo Corcoran. En Nueva York: un tercer Museo Guggenheim. En Los Angeles: una sala de conciertos Walt Disney (con un costo estimado de 240 millones de dólares) En Berlín: el Banco DG. En Cambridge: un centro de computadoras para el Massachusetts Institute of Technology. En Chicago: un parque. En Biloxi: otro museo.

En otras palabras, a Gehry no le falta trabajo. Todo lo contrario. En una entrevista el año pasado, celebrada bajo el sol de mediodía en Fuerte San Lorenzo, Gehry me dijo que ‘‘tengo suficiente trabajo que es real, de modo que no necesito estar buscando trabajo que sea irreal’’. Enfatizó que en Panamá solo le interesaría un proyecto de alta calidad que contara con pleno apoyo del Gobierno y de la ARI. Gehry deploró el oportunismo que hasta ahora ha caracterizado algunas obras de las áreas revertidas. Criticó que los primeros diseños para Fuerte Amador fueran ‘‘un pastiche pos–modernista de la peor clase’’ y subrayó que Panamá tiene ‘‘tesoros únicos’’ que deben ser desarrollados con altura y visión de largo plazo. Como se sabe, Gehry se ha interesado por Panamá porque su esposa – para gran suerte nuestra– es panameña.

Esa entrevista se publicó el 4 de julio del año pasado. Ahora, un año después, al regresar por unos días a Panamá, veo con alegría que Gehry siguió adelante con el proyecto y nos ha diseñado no una sino tres obras, cada cual más bella. Pero a la vez veo con alarma casi incontenible que el proyecto Gehry ha tenido una reacción tibia en Panamá. (Vean un excelente artículo por Ileana Pérez Burgos en el último Ellas, edición del pasado 7 de julio). Unos critican el costo (apenas unos 72 millones de dólares para las tres obras) y otros osan cuestionar los diseños mismos. Solo falta que alguien diga que en Panamá tenemos arquitectos muy buenos y no necesitamos que uno de afuera venga a diseñarnos nada.

Poco palpo del entusiasmo que expresa el artículo de Ileana y que yo comparto plenamente. Poca gratitud veo por el hecho de que un artista de la estatura de Gehry quiera engalanar a Panamá con obras de alta calidad. Y poco reconocimiento veo de las oportunidades a largo plazo que esto nos abriría para un desarrollo elevado del potencial turístico y económico del país. El gobierno de Moscoso, después de titubeos, ha tomado la decisión encomiable de nombrar a Rodrigo Eisenmann como comisionado ad honorem para el desarrollo del proyecto Gehry y al vicepresidente Dominador Kaiser Bazán como representante del Gobierno ante el proyecto. Pero me aterra la posibilidad de que esto, contra la apatía general, no sea suficiente para hacer que el proyecto despegue.

A fin de cuentas, sugiero, el desarrollo de las áreas revertidas nos presenta el dilema clásico de La Cucarachita Mandinga: Si nos vamos por el camino bajo con proyectos chabacanos, improvisados y oportunistas, nos despertaremos un día con el descubrimiento de que el real ‘‘se nos gastó’’. Pero si nos vamos por el camino alto, aventurándonos un poco más, el resultado será el desarrollo duradero de un conjunto de atributos que ningún otro país puede duplicar.

Como sabemos, La Cucarachita Mandinga gastó su real en engalanarse con cinta. Da la casualidad que el diseño de Gehry para el Corcoran tiene unos trazados que se han descrito como cintas y en su diseño para Amador, yo noto unas formas que también me parecen cintas. Para mí, el mensaje no puede estar más claro.

P.D. Estimados lectores: Hoy parto de vacaciones por un mes. Retomo la columna a mediados de agosto.

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