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Cuando
la mente muere lentamente
El
tratamiento de la enfermedad de Alzheimers debe incluir no solo
al paciente, sino también a la familia
Jorge
Motta, M.D.
Especial para La Prensa
jmotta@pananet.com
Enfermedades
que destruyen sistemáticamente el cerebro como la enfermedad de
Alzheimers, la enfermedad de Creutzfeld-Jacob ahora relacionada
a la enfermedad de la vaca loca, la demencia de origen vascular
y otras enfermedades degenerativas cerebrales representan una
terrible amenaza, especialmente para los que hemos tenido la suerte
de llegar a vivir más de medio siglo. La demencia se caracteriza
por la pérdida progresiva de la memoria, alteraciones de la personalidad,
cambios de comportamiento, disminución de las facultades intelectuales,
reducción de la capacidad de llevar a cabo las más básicas actividades
cotidianas. Todas estas anormalidades probablemente están relacionadas
a la muerte, pérdida de comunicación, reparación y regeneración
de neuronas. En el pasado, se pensaba que la demencia era un producto
inevitable del envejecimiento. Ahora sabemos que la demencia siempre
tiene una explicación patológica y no es parte obligada de la
vejez. Dándole soporte a estas aseveraciones, recientemente se
ha demostrado en humanos la regeneración y reparación de neuronas.
Se estima que aproximadamente 30% de las personas después de los
85 años, sufren de anormalidades significativas del funcionamiento
intelectual. La causa más frecuente de estas anormalidades es
la enfermedad de Alzheimers. Los epidemiólogos estiman que actualmente
en el mundo hay más de 20 millones de personas que sufren de esta
enfermedad y que para el año 2030 ese número se duplicará.
El diagnóstico de los diferentes tipos de demencias se basa en
la historia clínica, el examen físico y en ciertos análisis de
laboratorio. Los análisis de laboratorio incluyen exámenes de
glucosa, tiroides, hígado, riñón, VIH y evaluación de la estructura
cerebral bien sea con tomografía computada, con medicina nuclear,
con emisión de positrones o con resonancia magnética. Basados
en estos hallazgos podemos decidir tentativamente el tipo de demencia
que afecta al paciente y diferenciar causas tratables o no tratables
de demencia.
El diagnóstico definitivo de la enfermedad de Alzheimers se logra
actualmente solo con una autopsia. El análisis visual del cerebro
afectado por Alzheimers demuestra atrofia cerebral y esto no es
específico para hacer un diagnóstico. El análisis microscópico
del cerebro afectado por Alzheimers demuestra dos anormalidades
típicas de esta enfermedad: depósitos o placas formadas por la
proteína llamada beta-amiloidea y por nudos y desorden de neurofibras
asociados a otra proteína llamada tau. Estas anormalidades aparentemente
guardan algo en común con las anormalidades que encontramos en
la enfermedad de Creutzfeld-Jacob en la cual proteínas llamadas
priones son las causantes del daño cerebral.
En los últimos 10 años, biólogos moleculares han reportado más
de 10 cambios o mutaciones en los genes que determinan la formación
de las proteínas asociadas a Alzheimers como la beta-amiloidea
y presenilin 1 y 2. Si ocurre un pequeño cambio en el programa
genético que dirige la producción de una de estas proteínas y
se produce la substitución de un solo aminoácido, la proteína
cambia levemente en su estructura química, pero sufre un gran
cambio en su configuración tridimensional y por ende en su función
fisiológica. Ejemplo de esto es la substitución de un aminoácido
de los 100 que constituyen la hemoglobina humana, cambio que produce
una hemoglobina con una estructura tridimensional anormal causante
de la anemia falciforme.
Desdichadamente solo conocemos mutaciones o cambios genéticos
en menos del 1% de los pacientes con la enfermedad de Alzheimers,
lo que por ahora limita el análisis de la estructura genética
como herramienta de diagnóstico. Existen otros genes ‘‘normales’’
en la población general, que aumentan la probabilidad de sufrir
de Alzheimers.
Ejemplos de estos son los genes que determinan la formación de
las proteínas APO e4 y APO e3. Sin embargo, poseer estos genes
no condena irremediablemente al tenedor a sufrir de Alzheimers,
ya que hay otros factores y genes que no conocemos y que probablemente
son necesarios para el desarrollo de la enfermedad. Por eso, no
se recomienda actualmente el uso de exámenes genéticos en la población
general para predecir si una persona va a sufrir de Alzheimers
dado el bajo poder predictivo de estas pruebas. Esto probablemente
cambiará en el futuro.
El tratamiento de la enfermedad de Alzheimers debe incluir no
solo al paciente, sino también a la familia que tiene que cargar
un gran problema por años. Al paciente que sufre la forma avanzada
de la enfermedad, se le puede ofrecer cuidados de enfermería y
apoyo médico general. Si se presenta una fase de agitación y confusión
se utilizan efectivamente medicamentos calmantes. En las etapas
tempranas se utilizan medicamentos que aumentan los niveles del
neurotransmisor acetilcolina, sustancia esencial para la comunicación
entre neuronas. Existen más de 50 drogas en diferentes fases de
investigación que incluyen factores de crecimiento de nervios,
agentes neurotrópicos, medicamentos antinflamatorios, estimuladores
de los receptores de estrógenos como el raloxifeno y drogas que
aumentan los niveles del neurotransmisor acetilcolina como la
galantamina.
Es probable que podamos prevenir o curar la enfermedad de Alzheimers
en 20 a 30 años y esto ya no es materia de ciencia y ficción.
Tristemente todo este gran logro llegará muy tarde para algunos
de nosotros que hemos vivido más de medio siglo.
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